Miras al cielo y ves como las nubes son empujadas tímidamente por el viento que sopla con fuerza, convirtiendo un día soleado en nublado.

Empiezan a caer las primeras gotas suaves rozando cada hoja de cada planta, cada flor y cada árbol, haciendo humedecer la tierra de los campos y macetas que quedarán regadas por una temporada.

El olor a mojado que respiras te hace recordar momentos inéditos de aquellos días bajo la lluvia, cuando chapoteabas en los charcos con tus botas nuevas y paseabas por calles mojadas junto a tu paraguas amarillo, que daba ese toque de color en ese día gris, que sin importar mojarte o el frío, salías a investigar nuevos caminos, que guiada por el tintineo de las gotas, te llevaban a inesperados destinos, y mientras las escuchabas caer, escribías nuevas historias que la propia lluvia te susurraba al oído.

Y a lo lejos, tras la ventana, ves como la tormenta se aleja, dejando un cielo iluminado por los destellos del sol que empiezan a descubrir el paisaje, difuminando la ciudad y el camino que años atrás anduvimos.

Mi paraguas amarillo

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